lunes, 16 de octubre de 2017

Día XVIII




Llevaba los labios más rojos que nunca y los ojos más tristes que había visto en mi vida. Iba
sola, con un libro que seguramente no trataba "de como ser feliz" y la vista perdida Dios sabe
en que parte de sus pensamientos. Seguía creyendo en el universo, pero había perdido la fe
en si misma. 

No volveré a cortarme el pelo, no volveré a cortarme el pelo se repetía para si misma una y 
otra vez, y es que cada vez que su mundo se derrumbaba y todo salía mal cometía ese crimen
para después poder arrepentirse y decir que estaba triste por su pelo... Qué forma más absurda
de intentar quitarle importancia a todo en su vida, ¿no?

No dormía para no soñar, lloraba día y noche para ver si así de las miles de grietas que la (se) 
habían hecho salía al menos una pequeña flor. 

Y Madrid, que se la había quedado pequeño una y mil veces, se convertía en el hoyo más 
oscuro del mundo. No había ni una sola luz que la indicase el camino que debía seguir
y poco a poco iba perdiendo las ganas de descubrir a tientas ese camino. 

La soledad no es un buen ingrediente para la tristeza, y ella no tenía ni un solo alma que 
brillase a su alrededor. 

No volveré a cortarme el pelo se repetía para si misma una y otra vez mientras los mechones
del color del otoño caían por sus hombros al igual que las hojas se precipitan al suelo en esta
bonita época.

Una vez más, ella, sus labios rojos y su tristeza se volvían a ir de la mano por Madrid, con la 
cabeza bien alta, gritando a los cuatro vientos que estaba triste en el más absoluto silencio.

Y si todo sale mal, volveré a cortarme el pelo.