lunes, 18 de diciembre de 2017

Día XX





Me he dado cuenta de que ahora que me siento verdaderamente feliz me gustan más los 
amaneceres que los atardeceres. 

Quizás he puesto toda mi fe en los principios
y he dejado de creer en los finales
por el simple hecho de que mi vida funciona
(a ratos) 

Qué ilusa, ¿no? Pero, ¿quién soy yo para decirme a mi misma que frene? 
Creo que necesito un poco más de libertad, y quién sabe, quizás así dejemos de lado la 
cobardía que nos obliga a frenar a cada segundo y giremos el manillar para llegar a los 
160 kilómetros por hora. 
Sin miedo, sin casco, y con una venda sobre los ojos
pero con unas ganas que empiezan en el dedo meñique de tu pie derecho y recorren todo tu
cuerpo con un escalofrío precioso hasta ese pelo rebelde que sueles tener en la cabeza. 

Siempre me han dicho que lo importante no es como empieza, si no como acaba. 
(O con quien acaba) 

Pero, para empezar, prefiero olvidarme del principio, porque para qué negarnos, 
fue un poco como nosotros, catastrófico; 
y sencillamente disfrutar del camino precipitadamente, a 160, como nos gusta. 
Y, para terminar, esto no acaba si no es contigo, amor. 

Sigamos disfrutando amaneceres.